Algunos gobernantes dejan una huella que trasciende el período de sus gobiernos. La mayoría pasan con más pena que gloria al desván del olvido. Roosevelt y su “New Deal”; Adenauer por la reconstrucción de Alemania; Mandela, sembrador de paz; Tony Blair, más allá de su “Nuevo Laborismo”, marcó el camino de la “Tercera Vía” que en esta época de capitalismo post-pandemia tendrá que volver a ser revisada. No me refiero, por supuesto, a los autócratas, caciques, reyes, reyezuelos, emperadores, faraones, sultanes y dictadores que han ejercido el poder a lo largo de la mayoría de los 12.000 años de civilizaciones humanas. Muchos de ellos generadores de naciones “al frente de exitosas maquinarias de guerra”, como dice Charles Tilly, dejaron profundas huellas, sangrientas casi todas. Me refiero a los gobernantes modernos. A aquellos que llegaron al poder en democracia. A quienes dejaron su huella en el difícil camino de la paz.

En Colombia sólo una persona ha merecido el Premio Nobel de Paz: Juan Manuel Santos, Presidente 2010-2018. Controvertido como todo gobernante, denostado con saña por sus opositores, “traidor de clase” para las élites de dónde provino, más reconocido internacionalmente que en su propia tierra, pero también respetado e incluso añorado por muchos.

¿Hay un “legado” en esa obra de gobierno? ¿Hay algo, mucho o poco, por rescatar y que sea útil, para afrontar la profunda crisis social y económica que dejará la pandemia? Santos prepara un libro, “Mensaje optimista para un mundo en crisis” prologado por Steven Pinker. ¿Hay un mensaje optimista para este país sumido en el miedo, el desempleo, la quiebra de MYPIMES, la incertidumbre por la falta de ingresos presentes y futuros y la pérdida creciente de legitimidad de las instituciones? ¿Hay una reserva en “ese ayer” de alegría, optimismo, en el que contábamos con los “dividendos de la Paz”… ese ayer cercano que hoy, apenas dos años después, parece tan lejano? ¿Es la implementación del Acuerdo de Paz, que priorizó de manera certera el Desarrollo Rural Integral, la Reforma Política que eliminará el modelo clientelar corrupto y la sustitución de cultivos de uso ilícito por proyectos productivos agrícolas, por ejemplo, una receta válida y quizás el eje de ese pacto nacional que le permitiría a Iván Duque gobernar para bien los dos años larguísimos que le quedan? ¿Será capaz de rescatar ese legado y escapar a ese “adanismo inverso” que consiste no en empezar de cero y regresar al paraíso, sino en regresar al infierno de la guerra que todo lo devora y en todo nos atrasa?

Santos será recordado sin duda por atreverse a la paz. Por parar una guerra de 60 años con la guerrilla más grande y antigua de América Latina, por terminar un conflicto  que desangró a Colombia medio siglo y causó cerca de 9 millones de víctimas. Víctimas que además se aseguró de reconocer con el ejemplo mundial de la ley de víctimas más ambiciosa posible. ¿Pero hay algo más?

En un país cruzado por múltiples violencias y castigado por la maldición del narcotráfico y una fracasada guerra contra las drogas, ajena, extraña e impuesta, generadora ella misma de mafias crudelísimas, por supuesto que la impronta exitosa de la solución dialogada a los conflictos y su esfuerzo inconcluso por cambiar el paradigma prohibicionista global del problema de las drogas hacia un enfoque de salud pública, serían legado valioso y necesario para construir sobre lo construido, buscar la paz completa y acabar de raíz con la financiación maldita de todos los generadores de violencia organizada. Pero hay más.

Santos dejó un “talante”, un espíritu dialogante, una convicción de ir con eficiencia a la raíz de los problemas sociales. “Paz, Equidad y Educación” fue su lema. Pero es en los hechos y no en los dichos que se verifica la historia. Fue en su gobierno que, por vez primera, el presupuesto de educación superó al presupuesto militar. Los indicadores sociales mejoraron, la pobreza multidimensional disminuyó de 30.4 en 2010 a 19.6 en 2018, 4 millones dejaron de ser pobres y el desempleo descendió a un dígito. El coeficiente de Gini por primera vez descendió de 0.560 a 0.517. No lo suficiente. Sin embargo, la crisis del petróleo que ralentizó la intervención social se manejó con destreza. Para el 2018 todos los indicadores económicos estaban al alza, empleo, crecimiento económico, calificación internacional y grado de inversión. Legado es, sin duda, la regla fiscal que convirtió el manejo responsable de la deuda pública en norma permanente. Y el regreso real de la seguridad que implicó el redescubrimiento de la bella geografía nacional, visitada por cuatro veces más turistas internacionales que nunca antes y la convicción de nuestras Fuerzas Militares de que la Paz es la Victoria y el control del territorio con la legitimidad y el respeto a los derechos humanos lo que la garantiza. En infraestructura, la tradicional desidia de no acometer las grandes obras había sumido a Colombia en un gran atraso. En ese gobierno se construyeron 2.100 kilómetros de dobles calzadas, 1.100 puentes, 65 túneles que suman 45 kilómetros y se modernizaron todos los aeropuertos cambiando el modelo contractual de los viejos anticipos fuente de corrupción. Centenares de obras ya están a la vista, y  vienen siendo inauguradas por otras manos. Nada es suficiente en un país con tanto dolor, atraso y abandono. Pero allí quedaron unas bases sólidas para seguir construyendo paz, equidad y desarrollo. Bases, que sin embargo, este neouribismo quiere demoler. No podrán. Aunque Santos ha dicho que el legado se defiende sólo, no tenemos tiempo para futuros Suetonios que lo reivindiquen en los libros de historia. Hay que retomar ahora las bases conceptuales de esa obra de gobierno para acometer la reconstrucción de Colombia.

by: ROY BARRERAS

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