El expresidente Uribe regresa a la arena política con la energía y las banderas de siempre, pero en condiciones adversas que nunca había enfrentado.

 
 
 
 
 

En Colombia ha pasado algo muy curioso en el último cuarto de siglo. Las Farc o Álvaro Uribe han impuesto siempre la agenda política. Aunque con la firma de los acuerdos de paz se dijo que esto iba a cambiar, todo parece indicar que en 2022 se repetirá la historia. Basta ver los dos grandes temas que dominaron el debate nacional en los últimos días: la confesión de las Farc sobre el caso Gómez Hurtado, y el fin de la detención preventiva del expresidente Uribe. Para efectos del panorama electoral, el tema es el segundo. Muy probablemente, un sector importante de la opinión pensó que los días del exmandatario como el eje central de la política nacional habían terminado.

En condiciones normales, cualquier político que hubiera enfrentado una situación similar habría dedicado el resto de su vida a asumir su defensa y a volar bajito. Pero, evidentemente, ese no es Uribe. Habían pasado unas pocas horas desde que la jueza 30 dejó al expresidente en libertad cuando este ya estaba dirigiéndose al país en un video, que, más que una reivindicación de su inocencia, parecía un memorial de agravios y una hoja de ruta con miras a las próximas elecciones. “Ojo con el 22”, repitió Uribe hasta el cansancio y, así, dejó ver las cartas que jugará para seguir poniendo uno de los suyos en la Casa de Nariño.

Su discurso, en esencia, es el mismo que lleva repitiendo desde hace años: hay que acabar con la JEP, reducir el tamaño del Congreso, imponer una corte única y, por supuesto, evitar la llegada del castrochavismo para que Colombia no acabe convertida en Venezuela. Hasta ahí, nada nuevo. Esta vez llamó la atención, más que el contenido, el mecanismo. Ahora, para lograr su cometido, el expresidente apostará por acudir a las urnas por la vía de un referendo. Cuando el país apenas asimilaba esa jugada política, comenzaron a surgir más referendos.

Otros dos líderes del Capitolio le salieron al traste a la estrategia y decidieron anunciar que ellos, para efectos distintos, estaban en lo mismo. Los senadores Roy Barreras y Rodrigo Lara informaron que, cada uno por su lado, impulsará su propio referendoAntes de analizar el contenido y la jugada política que esconde cada una de las tres estrategias, es preciso decir que en realidad todas ellas no son más que un saludo a la bandera y una movida abiertamente populista. En realidad, en Colombia es casi imposible que pase un referendo. Así lo quiso la Constitución de 1991 y por eso esa figura no puede tener más trabas. En consecuencia, los tres anunciados esta semana nacieron muertos. A precios de hoy, no hay ambiente, no hay plata, no hay tiempo y, sobre todo, no hay votos.

El país tiene otras prioridades y los ánimos no están para eso. Para llamar a un referendo basta con que un grupo de ciudadanos le notifique a la Registraduría su intención de convocarlo. Ese paso es fácil. Para que el Congreso apruebe el referendo y la cosa termine en las urnas, se requiere la firma del 5 por ciento del censo electoral. Es decir, alrededor de 1.800.000 ciudadanos. Eso, aunque más logístico y complicado, también puede ser factible. De ahí en adelante, las cosas se ponen color de hormiga para Uribe, Barreras y Lara.

Cada pregunta formulada, para ser aprobada, tendría que pasar el umbral de los 9 millones de votos, la mitad de los cuales tendrían que ser por el sí. Eso es prácticamente imposible. Hay dos antecedentes que presagian el fracaso que viene. El más reciente de ellos, la consulta anticorrupción de Claudia López. Por tratarse no de un referendo, sino de una consulta popular, el umbral era mucho más alto. Sin embargo, a pesar de que obtuvo cerca de 12 millones de votos, terminó hundida.

El otro antecedente es el referendo que el propio Uribe trató de hacer aprobar en 2003 cuando era presidente. Su popularidad en ese momento se acercaba al 80 por ciento, la cifra más alta registrada por mandatario alguno. Aun así, de las 15 preguntas solo una pasó y todas las otras se hundieron. Y si eso sucedió en el momento de mayor popularidad del entonces presidente, cómo será ahora que está sub judice y acusado de lo divino y lo humano. De manera que es muy fácil anticipar que los tres referendos anunciados esta semana están condenados al fracaso.

Hay que asumir que Uribe, Barreras y Lara lo saben, pues son personas muy inteligentes y conocen como pocos el funcionamiento del Estado. Los tres son perfectamente conscientes de que promueven un mecanismo de participación que no va para ningún lado, pero puede dar votos. Las tres estrategias son tan claras como efectistas y populistas. Todos se parecen en que tendrán unas preguntas de fondo y otras que no son más que un caramelo para lograr que la gente se pare de su cama y salga a votar.

El que más atención logrará será el de Uribe por el protagonismo de su promotor. Tiene como eje central eliminar la JEP, reducir el tamaño del Congreso y reformar la justicia. El caramelo que ofrece es bien dulce. Plantea establecer el llamado ingreso solidario para mitigar los efectos económicos de la pandemia a los menos favorecidos. En vista de que nada de eso va a pasar, Uribe en el fondo pretende aceitar los motores para no perder el poder en las elecciones que vienen.

Para nadie es un secreto que el Gobierno de Duque, en parte por la pandemia y en parte por otras consideraciones, no ha sido lo que Uribe esperaba. El presidente difícilmente logra pasar del 40 por ciento de aprobación y al final de su gobierno tendrá los efectos devastadores del coronavirus. Estos no son culpa del jefe de Estado, pero igual se los achacarán en las urnas. Con esa herencia es muy posible que los colombianos no apuesten por la continuidad del uribismo en el poder. Así las cosas, con este referendo tratarán de tapar las problemáticas reales del país, vendiendo la idea de que la solución de todo es acabar con la JEP y evitar la llegada del castrochavismo. El discurso será prácticamente calcado del de 2018, que llevó a Iván Duque a la Casa de Nariño. Pero, si bien el discurso es el mismo, las condiciones no podrían ser más diferentes.

Hace cuatro años, la bandera era que Juan Manuel Santos con su proceso de paz había acabado con el país. Ahora, la bandera es la misma, pero el responsable es Duque y no Santos. Eso hace pensar que al candidato uribista las cosas le quedarán cuesta arriba en 2022. De los aspirantes que hasta ahora asoman la cabeza, los que más suenan son Carlos Holmes Trujillo, Óscar Iván Zuluaga, Paloma Valencia, Rafael Nieto, María del Rosario Guerra, Paola Holguín y hasta María Fernanda Cabal. Todos en público apoyan a Iván Duque, pero en privado los que tienen puesto son discretos y los que no tienen lo descalifican. Uribe está entre los discretos, pero se sabe que lo considera demasiado moderado y demasiado generoso con los partidos que perdieron.

A cada uno de ellos le gustaría ganarse el favor del expresidente para conseguir la candidatura oficial. Sin embargo, como Uribe es el jefe de todos, no escogerá a dedo a ninguno para no correr el riesgo de antagonizar o incluso herir a los otros. Por eso, tiene que proyectar imparcialidad para dejar la decisión en algún mecanismo que no dependa directamente de él. En las últimas elecciones fueron una serie de cinco encuestas que desembocaron en Iván Duque. Ese mecanismo gustó, pero algunos candidatos quieren hacerle un ajuste. Este sería no hacer encuestas abiertas, pues los opositores podrían influir en el resultado. Lo que se busca es que solo los afiliados al partido oficialmente tengan voz. Según la página web del Centro Democrático, ya esa colectividad tiene 599.000 miembros.

El ajuste de cambiar el universo de los sondeos para escoger el candidato no es simbólico. Una encuesta abierta puede fácilmente producir un resultado diferente al de una encuesta cerrada. Es probable que, si el sistema utilizado hace cuatro años hubiera estado limitado a los militantes del partido, Iván Duque no hubiera sido escogido. No por la interferencia de los opositores, sino porque él era más taquillero para el público en general que para la base del partido. Un sondeo cerrado en 2018 tal vez habría desembocado en Carlos Holmes Trujillo o en Rafael Nieto. Pero la época en que el candidato de Uribe tenía el triunfo garantizado ya pasó.

Según una encuesta del Centro Nacional de Consultoría para CM&, realizada esta semana, a la pregunta “¿Votaría usted por el que diga Uribe?”, la respuesta fue 14 por ciento por el sí y 78 por ciento por el no. La pregunta distorsiona un poco el resultado, pues una cosa es “el que diga Uribe” y otra el nombre de un candidato en propiedad. Seguramente, cuando esto suceda, la cifra superará el 14 por ciento. No obstante, esta encuesta muestra una tendencia muy poco alentadora para los candidatos uribistas.

Por los lados del referendo de Roy Barreras, quien acaba de renunciar al Partido de la U, la jugada es muy distinta, pero en el fondo también tiene a las Farc como protagonista. Solamente que en sentido opuesto. El senador pretende tener como bandera la reivindicación del proceso de paz, el cual, según él, este Gobierno está “haciendo trizas”. Quiere medir fuerzas con el uribismo con el mismo mecanismo: el referendo. Él propone un eje adicional muy audaz: abrir la posibilidad de revocar al presidente. Asimismo, tiene tres caramelos: establecer el derecho al salario mínimo universal, a la pensión universal y a la educación gratuita para los colombianos. Eso suena muy bien. No hay quien se oponga. ¿Pero y de dónde sale la plata?

En ofrecimientos irrealizables, Roy resultó imbatible. Barreras tiene un elemento adicional: no solo renuncia a su partido y lanza su propuesta de referendo, sino que anuncia su intención de competir por la presidencia de la república. La jugada del senador, quien se ha convertido en una de las voces más notorias de la oposición a Duque, es lograr unificar las fuerzas de centro para evitar que cometan el error histórico y reiterado de llegar divididos a las elecciones. Esa no será una tarea sencilla, teniendo en cuenta que las dos grandes figuras electorales de las llamadas fuerzas alternativas son Sergio Fajardo y Gustavo Petro; hasta ahora son los más taquilleros y no acabarán en ninguna convergencia. Petro, porque nadie quiere medirse contra él, y Fajardo, porque no quiere medirse con nadie.

Menos clara y probablemente menos política es la apuesta del senador Rodrigo Lara. Este, también por la vía del referendo, propone un pliego de peticiones que, como las de Roy, suenan bien, pero no se entiende de dónde saldría la plata. El parlamentario planteó los siguientes temas para someterlos a consideración de los votantes: crear una renta básica para los sectores más desfavorecidos, extender el subsidio a la nómina de las microempresas, definir un marco tributario progresivo que favorezca a la micro y pequeña empresa, y crear un programa público excepcional de empleo para quienes hayan perdido su trabajo y no se beneficien con la renta básica y otros.

En aras de la justicia, el referendo de Lara es más técnico y menos populista que los otros, pero tampoco va para ningún lado. No es usual que en Colombia en una sola semana salgan a la luz tres propuestas de referendos con enfoques distintos. En esencia, es claro que, con la liberación de Uribe y con un nuevo candidato saltando al ruedo todas las semanas, la campaña electoral para 2022 ya empezó en formaNo obstante, queda en la opinión un sinsabor, porque líderes tan importantes como Uribe, Barreras y Lara están cayendo en la trampa del populismo electoral.

El país atraviesa uno de sus momentos más críticos en la historia reciente. Debe recuperar la economía, lograr que dejen de matar a los líderes sociales, reactivar el comercio, pasar las reformas pendientes, restablecer el orden público, controlar los cultivos de coca y un largo etcétera de prioridades que en nada se ven reflejadas en los referendos planteados esta semana. Bien valdría la pena que los legisladores y jefes de partidos se ocuparan más en solucionar esos problemas y no en promover pantomimas electorales, que solo cuestan plata, tiempo, energía y que, en el fondo, solo ahondan aún más la profunda polarización que vive Colombia.